15 años de emprendimiento en Panamá (Parte 1): cuando sentirse capaz no significa emprender
¿Qué lleva a una persona a decidir emprender? ¿Ver oportunidades, confiar en sus capacidades o sentir que la sociedad valora a quienes crean negocios?
Para comprender el emprendimiento no basta con contar cuántas personas inician un negocio. También necesitamos entender qué piensan, qué perciben y qué sienten antes de tomar esa decisión.
Los datos del Global Entrepreneurship Monitor (GEM) Panamá permiten observar cómo evolucionaron estas percepciones durante 15 años. En esta primera entrega analizamos el período 2010–2015, cuando el reconocimiento social del emprendimiento aumentó, pero la intención de emprender no siguió la misma trayectoria.
Una película de 15 años
GEM es una iniciativa internacional de investigación sobre emprendimiento que nació de una colaboración académica entre Babson College y London Business School y comenzó a publicar resultados globales en 1999.
En Panamá, el estudio ha contado con el patrocinio de la Fundación Ciudad del Saber. Su valor consiste en permitirnos observar la evolución del emprendimiento a través del tiempo, en lugar de depender de una fotografía de un solo año.
Para comprender la decisión emprendedora, debemos considerar cuatro aspectos: cómo las personas perciben las oportunidades, cómo evalúan sus capacidades, cómo afrontan el miedo al fracaso y cómo forman su intención de emprender.
También importa el entorno social: qué reconocimiento recibe el emprendedor, si emprender se considera una buena elección profesional y qué influencia tienen las historias empresariales difundidas por los medios.
2010–2012: legitimidad social sin suficiente intención
Durante este período, el 64.2% valoraba positivamente el emprendimiento y el 61.3% consideraba tener las capacidades necesarias para iniciar un negocio.
Sin embargo, las oportunidades percibidas alcanzaban el 45.1%, el miedo al fracaso se situaba en el 36.8% y la intención emprendedora era del 20.4%.
La economía panameña experimentaba un fuerte crecimiento y un contexto de pleno empleo. Para muchas personas, el trabajo asalariado podía representar una alternativa atractiva frente a la creación de un negocio.
Al mismo tiempo, se fortalecían iniciativas de apoyo empresarial, como el capital semilla, el Registro MIPYME y el Sistema Nacional de Fomento Empresarial. En el ámbito internacional también aparecían nuevas formas de pensar la creación de empresas, como Business Model Generation, publicado por Alexander Osterwalder e Yves Pigneur en 2010.
El hallazgo: que la sociedad valore el emprendimiento y que una persona se sienta capaz no significa que necesariamente decida emprender.
2013–2015: más reconocimiento, pero menos intención
En el siguiente período, el reconocimiento social del emprendimiento aumentó al 66.1%. Las capacidades percibidas subieron al 63.4% y las oportunidades percibidas al 47.9%.
Sin embargo, el miedo al fracaso aumentó al 39.1% y la intención emprendedora descendió al 18.9%.
Esta evolución resulta especialmente interesante porque ocurrió en un contexto de intensa inversión, megaproyectos y expansión de iniciativas de capacitación e innovación. También surgieron o se fortalecieron programas dirigidos a jóvenes y mujeres emprendedoras, mientras distintas instituciones impulsaban mecanismos de apoyo empresarial. El ecosistema comenzaba a ofrecer más espacios para aprender, innovar y desarrollar negocios. Aun así, la intención personal de emprender no aumentaba.
El hallazgo: mejorar el reconocimiento social, la confianza en las capacidades y la percepción de oportunidades no garantiza que más personas se decidan a emprender.
La brecha entre sentirse capaz y decidir emprender
Los dos períodos muestran una tensión: las personas pueden valorar el emprendimiento y confiar en sus capacidades, pero no necesariamente visualizarse como emprendedoras.
Esta diferencia puede comprenderse mediante la idea de una brecha cognitiva: la distancia entre lo que una persona cree que puede hacer y lo que considera que puede alcanzar, dadas las oportunidades y los riesgos que percibe.
No se trata simplemente de falta de confianza. Una persona puede sentirse preparada y, aun así, dudar de que exista un mercado, de que pueda conseguir clientes o de que valga la pena asumir el riesgo. Por eso, estudiar la decisión emprendedora exige observar tanto las percepciones individuales como las condiciones económicas y sociales que las rodean.
¿Qué nos deja esta primera etapa?
Entre 2010 y 2015, Panamá avanzó en el reconocimiento social del emprendimiento y en las capacidades percibidas, pero la intención de emprender no siguió esa misma evolución.
La historia plantea una pregunta fundamental: ¿qué sucede cuando una persona se considera capaz, pero no encuentra suficientes razones para dar el paso? En la segunda parte veremos cómo esta tensión evolucionó entre 2016 y 2024, incluyendo la pandemia, el aumento de la actividad emprendedora y el desafío de convertir el potencial en empresas sostenibles.
Fuente: Global Entrepreneurship Monitor (GEM) Panamá. Porcentajes correspondientes a los períodos indicados en el análisis. Vea este estudio en detalles aquí: Data Science | Investigación Panamá




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